De muerte o de muerto



El cielo está todo oscuro, el cielo está nublado y vos estás absolutamente solo; viejo de la vieja infancia. De este pesado momento tuyo, tienes un hambre acosadora y tienes una sed insoportable. Precisamente, hace cuatro días, que no tomas nada de sopa.


Es obvio, no tienes nada de monedas, ni tienes grandes cosas de valor, para pagar un simple plato de comida. Así que sin ir ilustre, vas acercándote a un abismo oculto, donde podrás acostarte con la muerte. Pero nada que encuentras tranquilidad. Y lentamente vas llorando, como pobre como triste, vas cargando con tu desdicha interna. A lo justo, te caen gotas limpias del alma con suavidad, mientras escaso, te acaricias la barba gris con la mano diestra, ida en desgana. En verdad, te sientes más arruinado que todo este mundo confuso, bajo esta noche, pero es claro y es cierto, también has tenido suficientes experiencias humanas. Al conjunto destiempo, andas sucio con la única ropa tuya de vestir; una camisa roja descolorida con el pantalón descosido. Hueles además al olor de las calles desconsoladoras; hueles a impureza de drogas errabundas. Así igual de mal, decaído vos apagado, transitas ahora por un puente peatonal. Caminas con la cara gacha como caminas contra el azar de esta oscuridad tenebrosa. Pues estás perdido en un destino perdido. Miras sólo al precipicio profundo. No tienes ninguna pieza donde dormir. El desespero con temor te acoge ya más que nunca. Entretanto por allí, por los lados del angosto puente, te detienes a escarbar las dos canecas de basura, que hay abajo de los faros relucientes. Ahora entonces encuentras allí; muchas cáscaras de banano con latas de cerveza y artos papeles rasgados. En este mismo sentido, miras un poco más al fondo del recipiente y, adviertes ya entre cartones mojados, varias botellas de agua destapadas. Del apreciable gusto, sacas con exagerada avidez, los timbos desechables. Más sin siquiera dudarlo, comienzas a tomarte los cunchos. A la vez te sientes menos cansado. Pronto terminas de beberte el poco de líquido y de pronto rehaces tu rumbo despaciosamente. Adviertes a la ciudad sonámbula ya apagada mientras ya suspiras hondamente. Las avenidas están sin tráfico de carros y están sin el pasar de camiones grandes. Escasamente vos reconoces a uno que otro limosnero; ebrio de media noche. Ellos parecen ser los espíritus pesarosos del otro umbral. Así que seguido, tú, pasas a bajar las escaleras metálicas del puente. De hecho, cuando anduviste deambulando por esas alturas, indistinto quisiste suicidarte, tirándote con miedo, desde la barra de hierro, hasta ir a estrellarte contra el pavimento. Pero claro, el haberte bebido esa agua picha y claro, el haberte recordado reflejado como otro de esos otros vagabundos, fue la vaina que te salvó, lo que te queda de dura miseria. Así que bien que vos, pese a tener algunas dudas supremas, aún das tú lucha esencialista y aún sigues vivo; experimentado los sucesivos segundos de tu abrupta realidad, que no se detiene. Nomás ahora más pensativo, te sales del puente fúnebre con otra convicción evidente. Seguidamente te alejas del abismo y sin prisa, te vas en busca de cualquier resguardo maloliente, donde acabar de soportar a la depresiva noche. 

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